En el fondo de la botella: Termini

Existen jornadas que se quedan grabadas en nuestra memoria por el resto de nuestros días. Ya sea por lo que sentimos, por lo que hicimos, o por las personas con las que estuvimos. En escasas ocasiones, son las tres. Por eso, me es imposible pensar en la extraña sucesión de eventos de aquella jornada y no dibujar una sonrisa en los labios.


Era un día claro de verano en una ciudad ajena. La falta de familiaridad con las calles y el cansancio limitaron las excursiones del último día de mi viaje. El curso de acción era claro: llegar a la estación de tren y emprender la peregrinación de vuelta. Sin embargo, en aquel día en particular, la capital era un hervidero de caos. La línea principal del metro, la arteria vial que alimentaba aquella gran ciudad, estaba averiada; dejándome en el lado opuesto del que se suponía debía estar.

Sin un mayor incentivo, guardé el equipaje que llevaba en un casillero y ocupé mi tiempo deambulando por calles desconocidas. Entre carteles de una lengua extranjera y vitrinas coloridas caminé hasta una de las cuadras que me pareció conocida. La strada del mercato fue una de mis paradas predilectas durante la breve estadía en la ciudad. De las cosas que más recuerdo era su olor. Dos panetterias flanqueaban ambos extremos de la calle, dejando un perpetuo aroma a pan caliente en el aire. Compré algo de comer y caminé frente a las tiendas. Pasé por mostradores llenos de electrónicos, comida y ropa. Fue en uno de estos últimos que me llamó la atención un gabán de color claro que iría bien para complementar mi armario. Entré a la tienda y me recibió una amable mujer delgada y sonriente. El abrigo era barato y bien hecho, pero la talla no era la mía, así que lo dejé y me dispuse a sacar mis cosas y encontrar una manera de poder llegar a mi destino.

Después de haber sacado las tres maletas, pensé en lo tonto que sería volver a casa y no haber llevado algo para mí. Estaba en una de las capitales de la moda en el mundo, el gabán me gustaba y probablemente era más barato aquí que en algún otro lugar. Me devolví rápidamente a la tienda y luego salí a la calle para intentar hallar una manera de coger mi tren a tiempo.

Como cualquier persona que haya estado de viaje pueda atestiguar, la barrera idiomática puede ser un gran obstáculo cuando es necesario llegar a algún lado. Lo sensato en esa circunstancia era ir en bus hasta la estación de Termini. Así que, en mi mejor italiano de turista intenté preguntar a un hombre la dirección y el nombre de la ruta que debía tomar. Ese caballero no me habría podido responder más rápido si lo hubiera intentado. La cadencia de su voz fue un perfecto trabalenguas que lograron hacerme dudar hasta donde estaba parado. No había terminado yo de asentir instintivamente y dar las gracias, cuando el hombre juzgó que me había dado información suficiente y siguió en su camino. Debió haber algo claro sobre el tipo de confusión en mi rostro porque oí una voz suave que me preguntó: “¿Termini?”. Una mujer joven me daba una media sonrisa, sus ojos marrones mirándome de arriba a abajo. Cualquier arrojo de prudencia que mis padres me enseñaron se fue por la ventana mientras comencé a caminar al lado de aquella extraña, a dónde ella quisiera llevarme.

Alguna vez oí de un amigo que la primera vez que veía los ojos de una mujer era cuando sabía si iba a enamorarse. Tal vez no iría tan lejos, pero entendí su punto dado que ella y yo no teníamos una lengua en común; únicamente con mirarnos y un tanto de inglés, logramos entendernos de cierta manera, como si manejáramos un lenguaje universal. Entre señas y risas ella me contó sobre su origen gitano, sus padres europeos, su instrucción artística y su amor por la música. Yo le hablé sobre el viaje y la vida que tenía en casa, mi familia, mis pasatiempos, y mi simpatía por el ajedrez. Así fueron aumentando las calles, precariamente, esquina tras esquina, envueltos en un festín de tráfico, gente y una ciudad mediterránea en verano. Sólo éramos los dos, parados en un autobús y encartados de maletas.

Tal debió ser la placidez y extrañeza de nuestro encuentro, que ninguno de los dos notó que íbamos en la dirección equivocada. Un cambio rápido de vehículo fue suficiente para darnos el curso correcto, y aún menos espacio entre ambos. De alguna manera, tener su estuche de violín presionado contra mis costillas era más íntimo que muchas conversaciones largas que había tenido en mi lengua nativa. Ella podría bien haber sido un ser otro mundo. Altiva, bella y arrogante, como únicamente los gitanos pueden llegar a ser, esta mujer creció a miles de kilómetros de mi ciudad natal. Y aun así, me era imposible dejar de sentir una familiaridad visceral y ansias de saber sobre ella, de conocer ese mundo que se desarrollaba tan lejos de mí.

Fue excelente que su ascendencia fue una de buenos contadores de historias. En el último tramo de nuestra travesía a través de la ciudad aprendí una cantidad de cosas que jamás pude haberme imaginado. Travesías a través de Europa, su carácter y ánimo de aventurera, y la tranquila vida italiana. A veces tendemos a olvidar lo grande que es el mundo porque únicamente estamos a un vuelo en avión de distancia.

Al parecer subestimamos el trancón, porque estuvimos cortos de tiempo y tuvimos que correr para que ella pudiera alcanzar su tren. La seguí rápido y me detuve sólo un par de pasos antes que ella en la plataforma de abordaje. Para ser sincero, no tenía idea de cómo despedirme, así que fui por un abrazo amigable y me aparté. En ese momento fue que nuestras miradas se cruzaron y pude sentir su respiración cerca de mi cara. Ella sonrió pícaramente y me plantó un beso, se lo devolví y después de un momento nos apartamos. Con una media risa se despidió con la mano y se fue, con sólo unos minutos de sobra. Mi mano aún estaba levantada cuando la perdí de vista. Aún extrañado y divertido por el momento, miré mi boleto y fui a ver a mi amiga a la plataforma donde debíamos partir.

Me senté en vagón y miré por la ventana. Roma se quedaba a lo lejos, cada vez más y más pequeña. Había sido un gran viaje y un último día interesante ¿Quién era esa mujer tan cautivadora que decidió recoger a un extraño en la calle? ¿Por qué lo hizo? ¿Estuvo todo destinado a suceder o fue una de esas coincidencias de las que sale una buena historia? Únicamente sé que fui por un abrigo y volví con un beso, en una historia que jamás olvidaré.