Las horas de la vida

Las tardes bogotanas suelen ser así, angustiosas y aturdidoras a las cuatro, a la cinco. Los pasos de miles llorando contra el asfalto que todo lo ha soportado: militares, asesinados, homicidios, políticos, suicidios... Marcas que quedan convertidas en grietas, cada grieta asemeja lo ocurrido, cada huella que va quedando en los dolientes cachacos se vuelve visible en la angustia de cada esquina, de cada callejón gris.

El color de los cerros a las seis es diferente: es gris claro, gris muerte.

Basta con mirarlos detenidamente y asombrarse de su inmovilidad y quietud. Nebulosos y amargos. A esa misma hora el pensamiento de los millones que habitan en esa casa de cemento sin piel, se estabiliza. Están siendo conducidos de lado a lado, llevados por el aire que agita las cabelleras y sonrosa los pómulos. Son kilómetros y kilómetros de salchichón humano, que sonríen bajo un parlante, olvidado sus desdichas de ser un enlatado viviente... Llevan en sus bolsillos los sueños, los anhelos y las mentiras que tras repetidas veces se han creído; tanto tiempo ha sido repetido el mismo murmullo que las aves dejaron de aletear con dulzura sobre el cielo apagado de la ciudad muerta: tanto tiempo diciéndose a sí mismo que son lo más importante para seguir llegando a casa con el deseo de oler el mar, las ruinas y el desierto. Las mismas angustias, las mismas mentiras, las mismas convulsiones.

Más tarde llega la noche, la que calla los miedos y sorprende con su agite. Salen de cacería los buitres que han dormido en las dunas, a la espera de alimento fresco. Todos llevan algo que pueda alimentar estas fieras armadas. Todos tienen el mismo presentimiento de ser presa de ellos, de caer en sus garras y no poderse soltar.

Las noches bogotanas tiñen el asfalto de sangre, roja y azul, morada y negra. Sangre causada por la indiferencia y el miedo. El temor. El dolor.

El sueño de la noche cae sobre los cuerpos devastados, cuerpos inertes, dolientes; así pasan las horas, debatiéndose y buscando una  solución entre sueños y ronquidos. Buscando algún calmante para la derrota, para no sufrir entre miradas filosas, puños amargos y escupitajos mortecinos. Así pasan las noches, las horas de descanso, en una almohada que grita desesperada por tanto quejido, por voces que no cesan y aullidos de puñaladas que vienen y van.
El desamparo reina en la ciudad de millones de almas desplazadas. Salidas del terruño de la tierra, del frío y el miedo. Cuerpos que gravitan entre carne y sudor, entre ruido, polvo y sexo. Cuerpos que se arrebatan por las calles la miseria de ir buscando algo que ofrezca felicidad, bien sea saliva, dinero, poder o amor.

Así son las tardes y noches de Bogotá, horas de soledad y traición; de ruina para millones y éxtasis de sociedad moderna para diez. Así son las horas de vida que dos mil seiscientos metros de angustia, han ido cultivando desde tiempos inmemoriales.