La ciudad de los fantasmas contadores de historias

Una mirada retrospectiva a La Candelaria.

Detrás de un mundo frío y gris de cemento se esconde una ciudad mágica hecha de bareque, una que alberga historias maravillosas, aquel lugar que en silencio relata su propia historia, nuestra historia, La Candelaria.

Empecé mi pequeño viaje a la ciudad encantada dando un primer vistazo al lugar más emblemático que en ella habita, la Plaza de Bolívar, un pedacito del mundo que nos recuerda el auge que la convirtió en el palpitante corazón de una antigua villa que poco a poco se hunde en el olvido.

Era claro que este rincón sólo podía ofrecer un panorama cada vez más bello que el anterior; durante mi recorrido me encontré con aquel viejo colegio, el San Bartolomé ese que se convirtió en el hogar de aquellos que decidieron hacerle frente a la revolución con las letras y los números que ofrecían un nuevo mundo, un típico cliché con el que se adueñaron de aquel regalo utópico en una época diferente a esta, un regalo que aun en nuestros días mantiene la promesa de hacernos libres, la educación. Ese maravilloso templo de sabiduría fue fundado por curas jesuitas, fieles seguidores de las doctrinas eclesiásticas, un eufemismo de la ironía en la que se sumerge el país.

Antes de ser redundantes y poder acercarnos a algún otro secreto seguí el camino, pero entre mis planes hallé interpuesta una interesante congregación de personas que entonaban al unísono su voz de protesta en contra de la guerra. Aquella era la voz que la violencia fortaleció de la manera más cruel, que marchito su alma con la tristeza, pisoteo su esperanza y arranco la sonrisa de los labios de sus dueños. Sus altavoces, reclamaban condiciones de vida dignas, y aunque ellas no borrarían de sus memorias el fatídico momento en el que arrancaron de sus manos llenas de tierra y ampollas todo por lo que, seguramente les daría un poco de alivio ante la situación de nuestra patria.

Dejando atrás los pasos de la protesta el universo se congrego para recalcar que no todas las tristezas hacen parte de la historia que tiene que contar el hombre, también existen aquellos que hacen de su vida un rincón de felicidad, aquellos que van por la calle con la sonrisa precisa, con una palabra agradable y con un chiste en la punta de su lengua para alivianar el peso de sus culpas y desdichas, ellos son los locos, los bohemios y en este caso aquel hombre que vende manillas para comprar su vida, ese que nos robó unas cuantas sonrisas a cambio de nada.

Era conveniente continuar con nuestro recorrido, se acercó el momento de seguir en busca de las historias ya contadas y olvidadas, aquellas plasmadas en las calles con letras bañadas en recuerdos, algunas tan alegres como su colorida esencia y otras tan tristes como las lágrimas de aquellas madres que vieron a sus hijos partir en el horizonte, pero que nunca los vieron regresar a sus tiernos brazos. Gracias a la prisa, y a la compañía, no tardé mucho en encontrarme con la casa de aquella inspiradora mujer, fuerte y dulce, una guerrera cuyo uniforme se valía de la suavidad de su perfume, un apretado corsé y finas telas, una dama capaz de empuñar una espada para defender su patria, su sueño, sus ideales y la vida de aquel hombre dueño de su corazón, Manuelita Sáenz, y aunque el tiempo de seguro ha cambiado algunos aspectos de su hogar, aun es claro que su aroma sigue impregnado en cada uno de sus rincones.

Ya con mis pies un poco agotados y con un momento masoquista de inspiración llegué a el Teatro Colón, espectador de grandes obras, dueño de las esperanzas y el desahogo de los que se subían a su escenario a recitar poemas de amor, a representar tristes escenas de las tragedias ya empolvadas en viejos estantes de algunas librerías, a levantar la voz de aliento que a unos les sobraba, pero que a muchos otros les faltaba; era evidente que cada centímetro de ese lugar emanaba una energía que suscitaba la esencia del arte. No sería justo decir que fue grande solo muchas épocas atrás, aún en nuestros días existen aquellos que creen en su encanto y en las obras de teatro, gracias a ese encanto es que podemos disfrutar y deleitarnos con las líneas escritas por aquellos que ven en los libretos de viejas historias de amor su alma impresa.

A medida que caminaba mis mejillas se sonrojaban un poco más, aun no comprendo si era por la emoción, la compañía, los recuerdos, las risas, o si solamente era culpa del abrasador sol que se imponía sobre nosotros. Quizás, lo importante fue llegar al siguiente punto en la lista, el Museo Militar, lugar en donde las mil y un batallas que ha librado nuestro pueblo a través del tiempo hablan por sí solas, podemos encontrar que la guerra se ve como arte, aunque es triste que irónicamente el arte se vea como la guerra. Cabe recalcar que la idea de permitirles a sus visitantes estar cerca de uno de los símbolos patrios de una manera más real que una caricatura, logra atraer la atención de cualquiera, y me incluye en quienes quedamos maravillados con esa bonita pieza. Un cóndor de edad media embalsamado y exhibido en un salón lleno de banderas, identidad patriótica de todos los países que hicieron parte de la gran Colombia.

Al final y después de intentar recorrer todas las calles de la ciudad encantada, rodeada de casas con fuentes mágicas que cumplen deseos y estatuas rindiendo culto a los más grandes de nuestra historia, me rendí y fuimos al último destino, ese que planeamos visitar con el propósito de terminar el día con unas buenas cervezas, un buen porro y una buena conversación, El Chorro de Quevedo, lugar que pregona ser punto clave en la fundación de Santafé de Bogotá. Fue allí donde por fin pude ver la cara más alegre de todo nuestro recorrido, ya que sin decir que los lugares anteriores fueran tristes y vacíos, es ahí donde el futuro de nuestro país se reúne, o se reunía, para debatir, para soñar, para reír, para disfrutar, es allí donde empezó nuestra ciudad es ahí donde muchos hablamos de un sueño llamado futuro.

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